Geiser

Diez buenas noticias que nos trae (o nos podría traer) el coronavirus

Primer parte

No quiero ser irónico con la situación: mientras pensaba en escribir este post venían a mi cabeza innumerables imágenes de dolor y tragedia que todos hemos visto estos meses. Este es una mierda de virus y punto. Vaya eso por delante.

Sin embargo, la vida depende de lo que hacemos con ella, de cómo la encaramos. Por eso también podemos encarar este virus y transformarlo en oportunidad. Hacer de él una buena noticia. Y es así: yo percibo que en la realidad que nos está tocando vivir hay aspectos que pueden transformarse en buena noticia.

1-Nada será igual. Esta especie de sacudida chamánica que estamos viviendo nos abre a un mundo incierto, lleno de incógnitas, de perplejidades y vulnerabilidades, pero un mundo diferente. ¿Podremos viajar? ¿Ir a la playa? ¿Sentarnos tranquilamente con amigos en un restaurante? ¿Tomarnos la caña en el bar? Se nos avisa que estas y otras cosas cambiarán y eso nos llena de melancolía y las extrañamos. Con razón.

Pero no está de más pensar que hay otra serie de cosas que vale la pena que cambien. Se nos había advertido de que existía un riesgo real de pandemia; más aún, meses antes de que llegase lo peor, las advertencias estaban aquí y allá. Pero el Groupthink volvió a funcionar: no hicimos caso, nada podía pasar y la pandemia llegó. Ahora tenemos la oportunidad de aprender. Se nos viene advirtiendo desde hace mucho tiempo de que nos queda poco, muy poco, para que las consecuencias de nuestras acciones sobre el planeta, la desestabilización de la biosfera, la pérdida de la diversidad y el calentamiento global se vuelvan irreversibles y que las consecuencias del cambio climático nos dañen irreparablemente. Ojalá esta vez lo escuchemos; ojalá entendamos que el modelo de crecimiento indiscriminado y a costa de lo que sea nos lleva a un callejón sin salida y a la destrucción del planeta o la humanidad.

Se nos olvida algo esencial: la historia sucede. Cayeron los mayas, los aztecas, los egipcios, los griegos, el imperio romano, bizantino… todos. ¿Por qué creemos que nosotros no vayamos a caer? Con la diferencia de que esta es una civilización global, globalizada. El peligro no es que caiga esta civilización y la reemplacemos por otra. Hay un peligro real de que caigamos todos: nos extingamos.

Pero, aunque parezca lo contrario, decía que iba a hablar de buenas noticias. La buena noticia de este coronavirus puede ser que esta vez sí nos demos cuenta de que las contradicciones sistémicas que vivimos son insostenibles; que el modelo de producción actual nos lleva al desastre porque producir al menor coste posible ejerce tensiones imposibles sobre la naturaleza: contaminación, desechos, uso indiscriminado de recursos naturales. Y ahí nadie es responsable, porque la única responsabilidad de la organización, según el modelo en que vivimos, es la de seguir creciendo. Ese es nuestro callejón sin salida: seguir creciendo nos lleva a la destrucción; no hacerlo significa reformar el modelo en el que nos movemos. Quizá sea la última oportunidad que tenemos de actuar sobre ello.

Actuar de dos maneras: una, creando una nueva forma de gobernanza que entienda  que o llegamos a acuerdos globales sobre los grandes temas que tiene el mundo como tal o la amenaza del desastre se cumplirá. Sin embargo, no basta con que dejemos la solución de los problemas a los poderes superiores. Solo si nos damos cuenta de que está en nuestra mano comenzar la transformación de la conciencia colectiva, empezando por nosotros mismos, se puede generar un poder global que se comprometa en la transformación social que nuestra humanidad precisa.

Si esta pandemia del Covid-19 nos enseñase que cada una de las relaciones que establecemos con todos los elementos de la vida humana cuenta, desde nuestros seres más queridos hasta la naturaleza o la misma tecnología más evolucionada que utilizamos y que es producto de la cultura humana más desarrollada, entonces el que “nada sea igual” después de la pandemia podrá ser para nosotros una buena noticia. Algunas de las siguientes buenas noticias tienen que ver con algo de todo esto.

2- Reaprender a vivir. En esta especie de proceso de desintoxicación y rehabilitación obligatoria que es (o ha sido) la cuarentena, hemos ido aprendiendo a centrarnos en lo importante. El confinamiento ha hecho que descubriéramos que determinadas urgencias no lo eran tanto y en cambio, sí nos topábamos con lo que realmente importa. En la dicotomía entre lo urgente y lo importante en esta pandemia ha ganado lo segundo. Llama la atención los innumerables foros en los que se nos habla cómo en estos días cada uno se ha ido centrando en sus seres queridos, en hacer cosas que tenía olvidadas como leer, escuchar música, hablar con amigos desde hacía tiempo olvidados. Como si solo cuando nos hemos visto forzados a quedarnos en casa estuviésemos reaprendiendo a vivir. ¿Será que seguiremos dominados por el contexto externo de manera que ahora que empezamos a salir volveremos a olvidar lo que es valioso e importante en la vida? ¿O por fin aprenderemos algo sobre lo que significa vivir? Si cuando salimos del confinamiento somos capaces de recordarnos a nosotros mismos cómo queremos vivir, esta pandemia habrá sido una buena noticia.

3- Agradecer lo que tenemos. Hace tiempo lo escuché de un hombre sabio: hay tres maneras de transformar el mundo y la vida. La primera: la revolución. Pero el problema es que la revolución hace distinciones: los que son de los nuestros y los que son del bando contrario. La segunda manera de transformar el mundo es la ética. Pero la ética distingue entre buenos y malos. Existe una tercera transformación, la más poderosa y es la que procede del agradecimiento. Esta no distingue, porque es una transformación que parte del corazón y un corazón que está vivo bombea sangre y vitalidad a todas las dimensiones de la existencia. Lo decía antes, la pandemia nos ha hecho valorar todas esas cosas que antes hacíamos y que ahora no podemos. ¡Qué raro se nos hace cuando ahora nos encontramos con un amigo y no podemos darle un abrazo! ¡Cuánto echamos de menos salir al bar lleno de gente y tomarnos una cerveza! O quedar con los amigos para cenar el viernes; o ir al futbol, o viajar o… ¡Son tantas las cosas que nos ha dado esta civilización! La mayoría son buenas y valiosas, pero muchas veces las hemos dado por descontado.

En España, durante la pandemia, se salía por las noches a aplaudir a los sanitarios; como si solo ahora nos diésemos cuenta de su labor, como si fuese la primera vez que trabajaban en su vida. Pero, junto con los sanitarios, de manera tal vez menos heroica hay otras tantas personas y sectores que nos han hecho más fácil la existencia. Los sanitarios, los que se ocupan de que tengamos redes sociales, los que con sus series en Netflix nos han amenizado estos días, los músicos que han puesto su repertorio al servicio de todos, los matemáticos y epidemiólogos que han estado debatiendo los mejores modelos para entender y controlar al virus, los economistas que tratan de ver cómo salimos de esta y así, hasta la saciedad. En otras palabras, es como si hasta ahora no nos hubiésemos dado cuenta de cuántas buenas cosas tenía nuestra sociedad y la cultura en general y ha tenido que venir este pedazo de información inconsciente para que nos enterásemos. ¡Cuánto valoramos ahora salir a la calle a caminar, correr, respirar! Si nos llevásemos de esta pandemia y esta cuarentena un sentido de agradecimiento por la vida, por las personas, por lo que recibimos de la cultura y de la misma naturaleza y lo honrásemos estaríamos desarrollando un sentido diferente de la existencia y entonces la pandemia habrá sido una buena noticia.

4- Recuperar las relaciones, las interconexiones. Si algo nos está enseñando esta pandemia del Covid-19 es que el mundo que vivimos es un mundo interconectado. Lo que ocurrió hace meses en China tiene repercusiones en todo el planeta. Lo que sucede con un problema epidemiológico tiene graves consecuencias para la economía, la educación, la política, los hábitos, toda la cultura. Pensábamos que éramos individuos autónomos, que podíamos llevar nuestra vida adelante al margen de los otros y nos encontramos con que un virus, una pieza de información sin inteligencia, nos complica la vida de manera insospechada. Por eso, es la hora de reconocer nuestras interrelaciones: estamos conectados unos con otros más de lo que creemos. Los “entres” de la vida son más importantes que las piezas separadas. El no haber atendido suficientemente a esos “entres”, a esas interrelaciones es parte del problema. Pero también, por eso mismo, es parte de la solución. Resulta curioso que el virus haya atacado precisamente en esa dimensión: el contacto, la relación, el estar los unos con los otros; y que lo que ahora se nos dificulte sea la posibilidad de relacionarnos como habitualmente lo hacíamos. Ahora los abrazos son caros y hablar por zoom es barato, cuando antes era al revés. Pero eso significa que esa es parte de la tarea que nos queda por delante: aprender a encontrar nuevas y mejores maneras de entender las interrelaciones.

Aprender a descubrir cómo nos relacionamos unos con otros, como se relacionan unos sistemas con otros, unas culturas con otras, unas razas con otras. Por eso, ahora, toda forma de interdependencia cuenta: cómo estamos con nuestra familia, con nuestro cuerpo, con nuestro smartphone, con nuestros animales. La pandemia ha significado un quiebre en todas estas formas de percibir la interdependencia, pero por lo mismo, es parte de la salida hacia otra nueva realidad. Esa nueva forma de estar en la realidad tiene que ver con darnos cuenta de que problemas como este – que ya se nos anticipa que seguirán apareciendo – no los resuelve una persona individual, sino un colectivo. Por eso, este es un momento de apostar por una inteligencia distribuida y colectiva. El mundo globalizado, la tecnología y las redes sociales nos permiten más que nunca estar intercontectados y poder crear entre todos una nueva manera de comunicarnos y entendernos; una forma de alumbrar soluciones colectivas a los problemas que tenemos. Si la pandemia del Covid 19 sirve para recordarnos que somos interdependientes los unos de los otros y que las cuestiones que nos acechan tienen que abordarse de forma dia-lóguica, entre todos,  apostando por una inteligencia distribuida entre todos los agentes, entonces el coronavirus habrá sido una buena noticia.

5- Más ser y menos tener. La pandemia, el confinamiento, la inaccesibilidad de todas esas actividades y bienes que antes estaban a mano y, en cambio, el tener que apoyarnos en el espacio personal e íntimo de los más cercanos, en los bienes básicos que podemos comprar, o en el mero hecho de salir a la ventana a respirar aire fresco nos pone en contacto con una nueva oportunidad de apoyarnos, usando la terminología de Fromm, más en el ser y menos en el tener.

Todos sabemos que la felicidad, fluir por la vida, sentir que lo que vivimos tiene sentido está más relacionado con el ser que con el tener. Sin embargo, como tantas otras cosas, lo habíamos olvidado. Esta cultura que vivimos (y que ahora parece estar en cuestión) nos había maleducado para pensar que tener más es sinónimo de felicidad y de vida lograda, cuando toda la sabiduría milenaria nos dice que, una vez cubiertos ciertos mínimos, la felicidad viene de la mano del ser. Porque cuando nos colocamos en el “modo de ser” nos sentimos parte de la vida, conectados, incluidos en algo más grande. El “modo de tener” nos separa, nos aísla en nuestro mundo, nos deja solos. Es curioso que simbólicamente la forma de “ataque” de este virus toque estos dos aspectos. Porque cuando el Covid-19 ataca seriamente, nos deja sin lo más básico: el aire. Y curiosamente también, el “rito de purificación” correspondiente para no contagiarnos tiene que ver con aislarnos, separarnos y lavarnos. Ojalá que esta pandemia nos devuelva a una vida más centrada en el ser y menos en el tener. Si fuera así también el Covid 19 podría convertirse en una buena noticia.

 

Continuara…

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